
... ¿De qué sirve estar bajo techo en una noche tan fría si mi corazón ya se ha congelado? No veo que exista solución y ni siquiera estoy segura de desear una, porque se que esto también traería consecuencias a mis anhelos prohibidos y recuerdos burbujeantes. No quiero que tu rostro desaparezca, pues se irán muchas cosas con él; como el brillo mortecino de tus ojos cansados, siempre cálidos y sonrientes cuando los necesitaba, esperando alzar las pocas fuerzas que albergaba para vivir; tus labios cálidos y electrizantes, aquellos que acariciaron tiernos y arrulladores los míos, entrelazando nuestros suspiros; tus palabras y tus silencios, tu cuerpo, tu cabello, tus manos, tu ser... Parte de mi existencia.
Las noches completas siempre fueron insuficientes para saciar mi necesidad de ti y el frío jamás pudo sobrepasar la barrera que tus brazos creaban a mi alrededor, ni siquiera la distancia y los años han sido capaces de borrar tu esencia y el recuerdo de tu calor traspasar mis ropas.
Aun puedo verte allí, con la esperanza de nuestro reencuentro grabada en tu semblante, en el hermoso iris de tus ojos, en tu aura... Mas todo eso se ha esfumado como cenizas al viento, como flor de cerezo en primavera, congelando todo, mi latido, mi respiración, mi esperanza, mi vida. Todo se ha ido lejos, dejándome aquí entre cuatro paredes, sola, hipnotizada con el himno de los recuerdos que sembraste en mí; quizás protegida del viento y la lluvia, pero no del dolor, la soledad y la agonía.
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